Sigo en el mismo lugar, con los mismos vecinos, teniendo la misma
hermosa vida que un niño que es amado puede tener.
Comienzo el jardín de infantes en lo de la señorita
Coca, una señora que en esa época, y aun no la bancaba,
una morocha flaca, alta, con anteojos negros, enormes, parecía
una cruza entre una jirafa y una mosca.
Lo único bueno es que me quedaba enfrente de mi casa. Siempre
el mismo cómodo.
No se puede ser mas feliz de niño.
Mi vida se alternaba entre mi casa de Buenos Aires y la casa de mi abuela en Villa García, Uruguay.
Siempre fui un niño que respetaba y escuchaba mucho a los mayores, cosa que me sirvio años despues.
El tío de mi vieja, Pancho, se pasaba horas bajo la parra contandome sobre su vida, su trabajo, y lo felíz que siempre fue gracias a la gente que lo rodeó.
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