No digas de ningún sentimiento que es pequeño o indigno. No vivimos de otra cosa que de nuestros pobres, hermosos y magníficos sentimientos, y cada uno de ellos contra el que cometemos una injusticia es una estrella que apagamos.
La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla.
Hacer versos malos depara más felicidad que leer los versos más bellos.
Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros.
Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia.
La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el ensayo de un camino, el boceto de un sendero.
La divinidad está en ti, no en conceptos o en libros.
Hay quienes se consideran perfectos, pero es sólo porque exigen menos de sí mismos.
He sido un hombre que busca y aun lo sigo siendo, pero ya no busco en las estrellas y en los libros, sino en las enseñanzas de mi sangre.
Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.
Al propio tiempo estaba pensando: lo mismo que yo ahora me visto y salgo a
la calle, voy a visitar al profesor y cambio con él galanterías, todo ello
realmente sin querer, así hacen, viven y actúan un día y otro, a todas
horas, la mayor parte de los hombres; a la fuerza y, en realidad, sin
quererlo, hacen visitas, sostienen una conversación, están horas enteras
sentados en sus negociados y oficinas, todo a la fuerza, mecánicamente, sin
apetecerlo: todo podía ser realizado lo mismo por máquinas o dejar de
realizarse. Y esta mecánica eternamente ininterrumpida es lo que les impide,
igual que a mí, ejercer la crítica sobre la propia vida, reconocer y sentir
su estupidez y ligereza, su insignificancia horrorosamente ridícula, su
tristeza y su irremediable vanidad. ¡Oh, y tienen razón, infinita razón, los
hombres en vivir así, en jugar sus jueguecitos, en afanarse por esas sus
cosas importantes, en lugar de defenderse contra la entristecedora mecánica
y mirar desesperados en el vacío, como hago yo, hombre descarriado! Cuando
en estas hojas desprecio a veces y hasta ridiculizo a los hombres, ¡no crea
por eso nadie que les achaco la culpa, que los acuso, que quisiera hacer
responsables a otros de mi propia miseria! ¡Pero yo, que ya he llegado tan
allá que estoy al borde de la vida, donde se cae en la oscuridad sin fondo,
cometo una injusticia y miento si trato de engañarme a mí mismo y a los
demás, de que esta mecánica aún sigue funcionando para mí, como si yo
también perteneciera todavía a aquel lindo mundo infantil del eterno
Jugueteo!
El lobo estepario
|