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El último verano de Hermann Hesse - Javier Memba para elmundolibro.com.
Madrid, 20 de agosto

Otra de esas lecturas que a la vista de su título se antoja pintada para el estío es 'El último verano de Klingsor'. Se trata de una obra de Hermann Hesse cuya edición española más frecuente está integrada por tres narraciones: 'Alma de niño', 'Klein y Wagner' y la que da título al volumen.
Aparecido en 1920, o lo que es lo mismo entre dos de los títulos
fundamentales de su autor: 'Demian' (1919) y 'Siddharta' (1922), el Hermann Hesse más Hermann Hesse -si se me permite la expresión- se encuentra condensado en estas páginas.
Escritas después de que el autor hubiera visitado por primera vez la India, proclamado su pacifismo en la Gran Guerra y fijado su residencia en Suiza, para darse a esa suerte de misticismo budista en el que vivió hasta el fin de sus días, rezuman todo ese "buenrollismo" que ha hecho de Hesse uno de los favoritos del lector adolescente, sencillo, rebelde e idealista.
Si hay un denominador común entre las tres piezas que integran 'El último verano de Klingsor', ése es la angustia existencial que gravita en todas ellas. Así, el protagonista de 'Alma de niño', desde la perspectiva que da el paso del tiempo, recuerda las envidias de sus primeros años y la gran preocupación que le causó el robo de unos higos en su juventud. Lo que entonces fue un problema tan grave como sólo lo es la oscilación entre el bien y el mal, al cabo se le aparece como una simple minucia.
El asunto de 'Klein y Wagner' es mucho más complejo. Klein, su protagonista, reproduciendo los mismos esquemas de un viejo maestro que tuvo en la escuela, Wagner, mata a su mujer y a su hijo y huye a Italia para iniciar allí una nueva vida bajo una nueva identidad. Pero con el correr de los días, así como la monotonía de cuanto acontece en ellos, hace que los fantasmas de su existencia se vayan apoderando de Klein. Bien puede decirse que viniendo de Hesse, cuya constante preocupación por recoger las formas más elevadas del espíritu fue merecedora del Nobel de 1946, 'Klein y Wagner' es una narración incluso escabrosa.
"La noticia de la muerte de Klingsor sorprendió a sus amigos a finales de otoño", escribe el autor en la tercera pieza. "Se decía que Klingsor había enloquecido desde hacía meses". Pintor de 42 años, alcohólico y devoto de Li Tai Pe, "autor de profundas canciones báquicas", el motivo del desequilibro de Klingsor durante su último verano no es otro que la búsqueda de los colores ideales para pintar su autorretrato. Agobiado también por los tormentos que se le asolan durante sus vigilias, no hay duda de que el último estío del artista es mucho más tumultuoso que el de los lectores que aprovechen la holganza de estos días para dar cuenta de él. Si, como sostiene José María Valverde en su "Historia de la literatura universal", Hesse "ofrece mucho a quienes buscan drogas evasivas en la literatura -y en la vida- y tal es el sentido de su éxito entre la juventud", mejor que mejor para leer 'El último verano de Klingsor' en estas vacaciones estivales.